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TANIA ALEGRÍA (Lisboa-Portugal)

GERUNDIO

Olvidarte no es lo que creía:
vastedad de vacíos subsecuentes,
la incógnita despejada
en mi ecuación mental de utilidades.
No es mantel de ceniza recubriendo
migajas de un banquete consumido,
o niebla que se extiende hacia la línea
de un horizonte al que volví la espalda.

Que no. Es un aguaje reincidente,
un vendaval que arrastra los despojos
de un remoto naufragio
hacia la soledad de mi egoísmo.

O más bien llamarada
que va labrando surcos en la piel
y calcina los huesos hasta el tuétano.

Olvidarte es asir esa condena,
perpetua, inexorable, reiterada.
Una no olvida:
una se va olvidando.
Construcción absoluta, estado durativo,
es un gerundio
eternamente
siendo.

ENTRE DOS GUERRAS

Me acerco entre dos guerras, cuando emergen
de los despojos ánforas añejas
y el vino a sorbos sabe a un armisticio,
un credo entre silencios.

Reposan los corceles de mis tribus,
que en un tropel de cascos, de entre el polvo,
rescataron tu nombre.

Entre dos guerras
vengo hacia ti, niña y desangelada,
sin manual de instrucciones para el miedo.

SOMBRAS

Mi sombra velará tu sombra donde
discurra el vago rumbo de los párpados
el tiempo con su séquito de otoños
y seguirá la impronta de tus huellas
que un día fueron brújula, cuadrante
y arca de los lúgubres desechos
en la odisea errática emprendida
hacia el borroso sur de mis naufragios.

Donde tu sombra esté, grave y remota,
mi sombra –de tu sombra el centelleo–
allí estará, al borde de la tuya,
por andar de tu mano las acequias
que llevan al envés de los enigmas
y recorrer contigo paso a paso
los páramos de hielo del olvido
y el infierno voraz de la memoria.

CUANDO ESTOY TRISTE ME TRANSFORMO EN ÁRBOL

Cuando estoy triste, cuando estoy muy triste,
se me brotan ramajes del costado,
sobre mi piel se extiende una corteza
y vigas de madera son mis brazos.
De mis cabellos cuelgan hojas mustias
sin esperanza verde en nuevos vástagos
ni consuelos de azul sobre la fronda
que el corazón dibuja en el espacio.

Cuando estoy triste, cuando estoy muy triste,
nacen del cuenco agreste de mis manos
las almendras amargas del silencio
y una savia de hiel corre en los tallos.

Expuestos al rigor de la intemperie
dentro y fuera de mí tiemblan los pájaros
que anidan en las cruces de mi leño
de surcos boquiabiertos, asombrados,
de lo cuánto el dolor me vuelve espesa.

Cuando estoy triste me transformo en árbol.

CARTA

Será otoño ahí. Será de noche.
Vengo de mis asuntos a tus ojos.

Te quiero aún, con este amor de aire,
sin carne, sangre, piel, sin incidentes,
con esmero de orillas paralelas
y esa manía de oficiar liturgias
en las aras del caos.

Hace mucho no sé noticias de tu perro.
No me contaste nunca
como se comportó la primavera
en los muros del patio.
Veo que no nos restan amigos en común.

Por contarte de mí: uso sombreros
de fieltro color miel cuando te extraño,
y cuando –como suelo – estoy demente,
un panamá genuino, cinta negra,
que me hace sentir casi normal.

Terminé de escribir una novela
por presumir de hacer literatura,
y me compré en el Bazar de Especias
un perfume de rosas antiguas de Bulgaria.

Volví a Estambul en Marzo, porque sí,
por las palomas, sabes, que alzan vuelo
de la Mezquita Azul al Cuerno de Oro
a las seis de la tarde, cuando el día
se apaga y el muecín llama al adhãn
y me sorprendo al borde de las lágrimas
por nunca haber creído en un alma inmortal.

El no saber de ti me dilacera.
Con alambres de espino está cercado
el patio donde acampan las milicias
que sofocan con hiel mis rebeliones,
y hasta el nogal que lleva tu nombre en cada rama
se me murió de asombro.

Esas cosas de mí vine a contarte,
y digo, como ves, siempre lo mismo:
te quiero aún con este amor de aire
y vocación de caos.

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